lunes, 16 de noviembre de 2015

14N y sólo el amor salvará al mundo

  “Racismo de Estado: un racismo que una sociedad
va a ejercer sobre sí misma, sobre sus propios
elementos, sobre sus propios productos; un racismo interno,
 el de la purificación permanente, que será una de las dimensiones
 fundamentales de la normalización social”.
M. Foucault, filósofo francés.

El 14 de noviembre París volvió a ser víctima de un atentado terrorista. El islamismo operó con la espectacularidad de siempre, como salidos de una película de Tarantino: viernes a la noche, cinco atentados en simultáneo en la ciudad más visitada del mundo dejando como saldo más de cien muertos y unas cuantas decenas de heridos. Es curioso vivir este episodio estando a  una hora de avión del lugar, siendo Francia un país contiguo a este, fundamentalmente porque, como nunca antes, me siento ajena al lugar en el cual estoy. Comienzan a vislumbrarse eso que llaman “diferencias culturales”.
Son tantas las sensaciones y pensamientos que es difícil establecer por dónde empezar.  Ante todo por el enorme respeto a los muertos y heridos y, en segundo lugar, exclamando el repudio total a atentados, bombardeos y cualquier tipo de ataque contra la vida de inocentes. En eso supongo que estaremos todos de acuerdo. Ahora la cuestión estará en definir qué entendemos las personas por “acto repudiable” y el valor de la vida humana, según el caso que corresponda.
Creo que Europa no tiene la cabeza tan abierta como toda la vida nos contaron. Brota una enorme solidaridad para con Francia, masiva, gregaria, pero escasean análisis y preguntas sobre los móviles de los hechos; todos se horrorizan ante los 128 muertos del viernes, pero no existen menciones sobre los ataques a Siria, la guerra de Argelia, la tradición colonialista francesa (y europea en general), sólo por decir algo y por suponer que en cada exigencia hay una autocrítica. Se habla mucho de la paz en el mundo. Son vegetarianos y los perros viajan en subte.  Pero pareciera que aquí sólo se lloran algunas muertes humanas, las de un lado del mundo. La misma sociedad que compra hasta el papel de culo ecológico apoya abiertamente a una de las partes de una guerra que ya está declarada, desde hace tiempo. El rol de los Estados Unidos en tanto socios fundadores del Estado Islámico es un misterio para este lado del Atlántico. “Es muy grave lo que pasó”, se dice, como si las víctimas de Siria, Irak, Palestina, Pakistán no fuesen una situación grave; Dicen estar“Unidos por el sentido compartido de la humanidad”: me pregunto cuál será ese sentido y qué humanos son la humanidad.  ¿El sentido de la humanidad son la libertad, la igualdad y la fraternidad, tan de moda por estos días? Libertad, Igualdad y Fraternidad son, desde su base, facultades y reivindicaciones burguesas. La mayoría de nosotros no somos destinatarios de tales derechos, no estamos invitados a esta fiesta los que vendemos nuestra fuerza de trabajo en el mercado. La libertad, la igualdad y la fraternidad se inventaron para que la monarquía absoluta de Medioevo ceda el  poder económico a la incipiente burguesía hambrienta de libertad política y comercial. Los iguales y los hermanos son ellos, frente a la mano invisible del Estado Liberal y siempre en una sana competencia. Pensemos en los refugiados, en África, en Palestina, en Siria, Medio Oriente, América Latina, en Haití, en los hipotecados europeos.  ¿Cabe alguna duda en que no somos ni todos iguales, ni igual de libres, ni mucho menos “hermanos”?
  Generalizar nos hace caer en trampas peligrosas. No se trata de reducir la sociedad europea a este paradigma, pero sí se intenta establecer la operatoria de cierta lógica que opera en buena parte del mundo occidental (incluida toda América), comúnmente llamada “eurocentrista”.  Lógica que, una vez más, funciona gracias a agentes que la mayoría de las veces nada tienen en común con la bandera que defienden. El mundo desde que es mundo está perdido en sus luchas, guerras, competencias, avaricias, maldades, sadismos, dictaduras, torturas, sometimientos, suplicios. Si algo nos enseñó la modernidad, tan parisina por cierto, es que al mundo lo construimos los hombres, somos nosotros quienes le damos sentido. Es por ello que vale cada segundo que nos tomemos para reflexionar, analizar, dar vueltas las situaciones para ser capaces de entender, con la limitada, seleccionada y tergiversada información que contamos, situaciones que de por sí son incomprensibles con categorías dualistas del tipo “causa-efecto”. Detrás de cada acción bélica hay intereses que nos superan a unos niveles que ni siquiera podemos imaginar; si lo que queremos es la paz en el mundo, comencemos por no defender las banderas de naciones en guerra; si lo que queremos es a la humanidad unida, entonces lloremos todas las muertes e injusticias humanas: no  son más importantes las que suceden en las capitales occidentales. Se trata de ser un poco más coherente entre lo que uno piensa, dice y hace.

Muchas veces se lee por ahí que “sólo el amor puede salvar al mundo”.  En este momento no parecen haber muchas posibilidades ante esta violencia organizada. Sólo nos quedan los pequeños gestos, los gratos momentos con seres queridos, a veces con desconocidos, que nos salvan de la miseria y que nos recuerdan que son el sentido para poder continuar. Ojalá algún día entendamos, de verdad, que todas las personas funcionamos más o menos de la misma forma y que la mayoría de nosotros tenemos al menos un ser querido en el mundo por el cual continuar. El día que podamos ver al de al lado como esa persona, que tal vez no sea querida por nosotros pero probablemente sí lo sea para alguien, quizás ahí pensemos dos veces antes de legitimar las aberraciones que, queriendo o no, hacemos posible, hechos ideados, planeados, y ejecutados por hombres y mujeres como nosotros. Esto ya lo dijo Kant, ya lo dijo el cristianismo en sus mandamientos. Pero no podemos dejar de pensar en que esto es posible, de otro modo estaríamos muertos de verdad.  

miércoles, 11 de julio de 2012

Fragmento - Juliet, naked -

- ¿Necesita a alguien con quien hablar? - dijo con delicadeza.
- Oh, Gracias. No, no, estoy bien.
Se tocó la cara: había estado llorando con más desconsuelo de lo que pensaba.
- ¿Está seguro? No da la impresión de estar bien.
- No, de veras... Es que he... Acabo de tener una experiencia emocional muy intensa. -Alargó uno de los auriculares del Ipod, como si ello explicara todo-. Con esto.
La mujer lo miró como si Duncan fuera una especie de pervertido.
- Bueno, no lloro por la música. No creo que ésa sea la preposición correcta.
La mujer sacudió la cabeza y se alejó.

sábado, 4 de febrero de 2012

Proyecto de psicoanálisis para filósofos

Aunque común pero no por eso natural, cada vez que psicólogos o estudiantes psiconalistas (puntualmente, lacanianos) nos acercamos a espacios filosóficos, en especial por formación  o en busca de un buen debate, nos topamos con cierta crítica recurrente al psiconálisis que resulta repetitiva producto de una lectura como mínimo dudosa, si es que en algún momento existió.
Puntualmente, me refiero al estatuto del deseo. En primer lugar, cabe aclarar que el deseo en psicoanálisis no es equivalente al deseo del yo. A esto lo llamamos anhelo. Al psicoanálisis poco le interesa lo que el "Yo" pueda desear. Desde lo más teórico, el deseo es el producto del encuentro de la necesidad de satisfacción con el lenguaje, dando por resultado de este encuentro a la demanda. Nada tiene que ver con eso que decimos, "yo deseo" tal o cual cosa, tener un auto, esa mujer, ese hombre. El deseo está articulado, dice Lacan, pero no es articulable. En su grafo, vemos como el deseo pulula entre el encuentro de la necesidad del viviente original con la pulsión razón por la cual, el deseo está articulado pero no es articulable. Sabemos que lo que caracteriza a la pulsión, lo que la diferencia del instinto, es su carencia de objeto. La pulsión rodea los objetos, los aborda, pero eso no los convierte en su objeto de aquí y para siempre. No la satisface ni la realiza. La pulsión en cada encuentro y desencuentro saca sus fuerzas del deseo, que puja y empuja incesantemente. Cuando se plantea al deseo como falta se está refiriendo justamente a esta ausencia de objeto prefijado insitintivamente, a la ausencia de significante que nombre al Sujeto de una vez y para siempre.
Pareciera que el Antiedipo de Deleuzze y Guattari funciona como el caballito de batalla de la filosofía a la hora de levantar la bandera del deseo como presencia y como empuje, en la medida que se trata a la existencia como "máquina deseante". Entiendo que esta afirmación no contradice la premisa psicoanálitica del deseo como falta. Si creemos que lo que realmente el deseo de alguien es lo que dice su yo, estamos perdidos. En estos casos deberíamos recordarnos, una y mil veces, que el psicoanálisis no es una filosofía. Su razón de ser no tiene que ver con la episteme o la retórica, sino que tiene que ver con una necesidad empírica, necesidades que han surgido en determinado momento de la medicina que el inconsciente y Freud en particular vinieron a responder. Es a partir de la experiencia que el psicoanálisis cobra su forma, para luego encontrar en la clínica psicoanalítica su elucubración de conocimiento. Este es el punto de partida fundamental que se debería tener a la hora de adentrarse en el psicoanálisis y en su discusión. 
El deseo como falta de ninguna manera es análogo a una forma melancólica de ser. Es el lugar vacante que nos deja el ser seres de y del lenguaje. En el ser humano, nada viene predeterminado de entrada y es justamente la fuerza pujante del deseo lo que posibilita el exisir o el no existir. Cuando alguien dice que desea, la más de las veces, no coincide con su deseo, con el lugar de la enunciación. Es un simple enunciado que muchas veces se manifiesta de modo absolutamente contrario al deseo (al estilo de "La negación"). Aquel objeto que decimos que deseamos no es más que un objeto dentro del mundo de los objetos imaginarios. Nuestra existencia se basará en la búsqueda eterna de aquello que está perdido y falta por estructura pero que a su vez nos presta su fuerza para nuestro ser en el mundo.      

jueves, 1 de diciembre de 2011

Después de las fiestas

Y cuando todo el mundo se iba
y nos quedábamos los dos
entre vasos vacíos y ceniceros sucios,

qué hermoso era saber que estabas
ahí como un remanso,
sola conmigo al borde de la noche,
y que durabas, eras más que el tiempo,

eras la que no se iba
porque una misma almohada
y una misma tibieza
iba a llamarnos otra vez
a despertar al nuevo día,
juntos, riendo, despeinados.